Ver, observar, contemplar el Mont Saint-Michel para tomar conciencia de su magnitud es una experiencia única que solo se puede apreciar en contadas ocasiones. La lluvia, el frío o la agobiante marea de turistas impiden la mayoría de las veces disfrutar de esta ciudad milenaria. En Labois hemos tenido la oportunidad (y la suerte) de poder visitarlo a finales de invierno, uno de los mejores momentos año para descubrir esta excepcional villa.

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Visitar el Mont Saint-Michel

Testimonio vivo de un pasado lejano, el Mont Saint-Michel es uno de los monumentos históricos más conocidos y visitados de Francia. Situado en la Baja Normandía, esta ciudad medieval hunde sus raíces en un islote rocoso situado frente al río Couesnon. En la inmensa llanura de un paisaje de prados, arena y marismas, sobresale la solemne silueta de la abadía. Consagrada a San Miguel, sus muros fueron levantados hace casi dos mil años. Desde sus inicios, la ciudad ha crecido y evolucionado, encajada siempre entre sus grandes muros, como un anillo se ajusta a un dedo. No es de extrañar pues, que fuese uno de los primeros monumentos de Francia en ser declarados Patrimonio de la Humanidad.

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Si pasáis por el norte de Francia o estáis de viaje en Rennes o Caen, vale la pena realizar una escapada hasta el Mont Saint-Michel. Se encuentra a poco más de una hora en coche de estas ciudades. La visita puede realizarse en uno o dos días, tiempo suficiente para exprimirla al máximo. Además, el acceso a la ciudad es gratuito.

Quizás te preocupe el tema de las mareas del Atlántico, que es uno de los grandes condicionantes para visitar esta ciudad. Cada día, el nivel del mar sube hasta anegar los accesos a pie y carretera. Estos ciclos se producen hasta 2 veces por jornada y el agua puede llegar hasta los 14 metros de altura. Durante siglos, este fenómeno ha sido una defensa natural contra invasores, pero hoy está bastante controlado. De hecho, la manera más cómoda y recomendable de visitar la ciudad es aparcando a las afueras, en tierra firme. Des de allí, puedes coger uno de los autobuses que conectan con la ciudad. Son gratuitos y salen cada 15 minutos.

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Una ciudad sobre el agua

Ver por primera vez el Mont Saint-Michel impresiona tanto como verla rodeada a diario por la marea. Con una serenidad imperturbable, la ciudad sobrevive día tras día las idas y venida de un mar vivo y cambiante. Uno de los mayores espectáculos es ver este fenómeno al caer la noche -desde un lugar distante y seguro- mientras las luces de la abadía brillan sobre el mar.

En su interior, el Mont Saint-Michel guarda todavía el encanto de un pueblo medieval. Callejones estrechos, casas de piedra vieja y pequeñas tiendas decoradas con encanto. Aunque el turismo ha roto parte de su magia, el viajero atento todavía puede encontrar rincones de paz donde consagrarse a su espíritu romántico. Así también, los más gourmets apreciarán la alta calidad de la harina bretona. Las galletas de mantequilla o las crêpes son su producto local más codiciado y conocido en todo el mundo. Si el tiempo lo permite, visitar el antiguo molino de harina de Moidrey puede ayudarnos a entender la base de este savoir-faire.

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Nos vemos en el próximo post 😉